Viajar a USA

Diario de Viaje por Estados Unidos de América. ( 21-09-1990 / 07-10-1990 )

Esta es una de esas asignaturas pendientes que sabes que al final la tienes que superar, por la cuenta que te trae, si quieres quedar en paz contigo mismo. Pero ya no sólo por ti, estas cosas se hacen en realidad como un legado para los que vengan detrás.

Es algo así como cuando empecé mi árbol genealógico. Un trabajo también muy laborioso de investigar el pasado, tu propio pasado, para más tarde los que te sigan sólo tengan que ir haciendo un apunte de vez en cuando.

Aquí no habrá apuntes luego, sino simplemente ganas de leer:

“Lo que escribió mi abuela, cuando viajó a América con mi bisabuelo”.

Han pasado muchos años desde aquél viaje, y lo mejor es que parece que fue ayer mismo; ilusa de mí. Pero bueno, casi es mejor así, porque se ve todo con otra perspectiva, sin los visillos que cuelga el tiempo enturbiándolo todo.

Me ha costado encontrar aquel cuaderno de viaje, pero ha merecido la pena. Estaba metido en una carpetita de aquellas azules, hoy muy descolorida, aunque los elásticos aún aprietan. Dentro, no sólo estaba el cuaderno, también he encontrado todo tipo de notas, recortes, entradas… muchas cosas que tenía hasta olvidadas y que ayudarán a refrescar mi memoria.

También conservo dos álbumes de fotos, seis carretes de los de antes, con muchas cosas curiosas pegadas a él. Lo iré usando como ilustraciones, que el colorido siempre ayuda.

Los distintos capítulos irán con la fecha en que fueron escritos, tal y como está en el cuaderno, y después haré observaciones actuales de cosas que me vaya acordando, a modo de notas numeradas.

Me espera un largo trabajo, que me tomaré con calma, porque lo que me costó escribir algunas de esas páginas, "rota” de cansancio en la habitación de un hotel después de un largo día, valen el esfuerzo de repetirlas. Ahora lo tengo más fácil y cómodo, así que lo empezaré con todos los ánimos que me pueda auto infringir.

Espero que lo disfrutéis, y os sirva de algo, aunque sólo sea para pasar un buen rato de lectura viendo fotos antiguas.


Capítulo 1 (21-09-1990)


En el avión.



En el interminable vuelo.


Son las 15:45 por mi reloj.
Volamos en el Boing 747 conocido como “Jumbo”, destino Los Angeles, saliendo de Madrid con una hora de retraso por la puerta número 7; buen presagio a pesar de la espera.
Este impresionante modelo de avión, resulta ser como el bautizado con el nombre de “Cervantes”, donde trasladaron el Guernica de Picasso desde Nueva York a Madrid en plena transición española, poniéndose tal galón el ministro del momento: Pío Cavanillas.

Hace un rato, nada más comer, y cuando me disponía a levantarme para lavarme los dientes, hemos pasado todos un susto de varios segundos. Parecía que se caían las 18 ruedas que lleva este chisme, pero por lo visto ha debido ser una pequeña turbulencia. Se pasa miedo a ratitos, cuando piensas que vamos a 10.000 metros de altura, 900 kilómetros de velocidad a la hora y con capacidad para 430 personas; aunque sólo vayamos unas 150.
Estaremos volando 12 horas ininterrumpidas, con una diferencia horaria de 9 horas cuando aterricemos en Los Angeles. Ahí es nada [1].

Hay mucha gente tumbada a todo lo largo de la gran cantidad de asientos vacíos, sobre todo en los salones cercanos a la cola. Al parecer se toman algo para dormir todo el viaje y sufrir menos el “jet lag”. A eso se le llama “experiencia transoceánica” [2].
Pero a mí la excitación me impide dormir, además espero para ver la película “Cinema Paraíso” aunque ya me la contó Esperanza, paseando por la playa de Valdelagrana este verano.

El ambiente es excesivamente tranquilo, todo en penumbra, en silencio casi absoluto. La gente camina descalza con unos patucos que te dan en un kit de viaje, y hay poco movimiento en general, alguna charla a media voz, algún juego de cartas, lectura, televisión y sobre todo eso: mucha gente durmiendo.

Después de seis horas volando se ve al fin tierra americana [3], pero aún nos quedan otras tantas de vuelo sin parar. Hay que pensar que Estados Unidos es casi tan ancho como el Océano Atlántico, y si se va a la costa del Pacífico, queda otro tanto.
Durante un vuelo tan largo hay momentos en que te sientes como “acorchada”, a ratos cansada, a veces agobiada, y por supuesto ilusionada por estar viviendo algo tan esperado…, en fin, que te da tiempo para todo.
He estado hablando con una chica madrileña que lo tiene peor si cabe. Está casada con un australiano y se dirige a su casa en Australia, va a cambiar de avión en Los Angeles, así que le quedan otro montón de horas volando hasta cruzar el Pacífico. Le he preguntado por qué no le daba la vuelta a la “bola” en el otro sentido, que es mas corto, y ella me ha contado, con mucha razón, que ya lo ha intentado pero que las líneas aéreas de oriente son un desastre [4].


Notas en la actualidad:


[1] Antes de despegar nos parecía increíble que aquel “pajarraco” tuviera una autonomía de vuelo de 12 horas, y sobre todo que fuera rentable con tan pocos pasajeros abordo. A este modelo de avión (1970-2006) se le conocía como “Jumbo”, y también por otros muchos sobrenombres, como “Reina de los cielos”. Lo impresionante de su anchura –casi de avión militar-, su altura -como un edificio de seis plantas-, así como los cuatro motores y los dos niveles, hace de él un avión fácilmente reconocible desde lejos. Cuando entras lo primero que te encuentras es la escalera de caracol para subir al segundo nivel de pasajeros, con una única sala. En cambio en el nivel principal, las salas se suceden una tras otra, con dos pasillos y tres bloques de asientos. Las distintas salas están separadas por grandes pantallas, donde ver películas a lo largo de la travesía.

[2] Sin lugar a dudas es el mejor método para viajes de ese tipo. Te evitas luego muchos trastornos de sueño y alimentación. Después de 3 o 4 horas de vuelo, hasta las 12 finales, se hace bastante insoportable, pero ya es demasiado tarde para doparse. De todas formas, tampoco te quieres perder vivir una experiencia así, estando dormido todo el rato.

[3] Mi primera vista de América, fue bastante decepcionante por cierto: desierto y más desierto. Pero ya te das cuenta de la inmensidad de país que te espera allí abajo. Intentas visualizar alguna ciudad, pero eso es imposible. Es más, es que ni siquiera ves campos cultivados. A esa altura y velocidad no puedes ver gran cosa.

[4] Hay que reconocer que Iberia tenía una gran calidad de condiciones y servicios. Más tarde viajaríamos en otras compañías americanas -como la Panam- y nada que ver. También supongo que habrá compañías mejores, y también dependerá del momento. Como sucede ahora mismo, donde la grave crisis que padecemos se hace notar en la mayoría de las compañías aéreas. Sin embargo el final del viaje, en el vuelo de vuelta desde Nueva York a Madrid, también con Iberia, fue muy malo, ya que el avión volvía a tope de gente, con todas las incomodidades que eso supone en un espacio tan reducido. A parte que el avión no era tan grande como este.


Capítulo 2 (21-09-1990)


En el hotel.



Famoso cartel de “Hollywood” (dentro del círculo rojo).


El avión aterrizó a las cuatro de la tarde (nueve horas más en España y por tanto en nuestros cuerpos: una de la madrugada), con una entrada en el aeropuerto que me hizo mucha gracia.

Nada más pasar un pasillo oruga largísimo, te encuentras de sopetón delante de una pared, tamaño campo de fútbol, con una foto gigantesca de George H. W. Bush [1] y unas relucientes letras metálicas igual de grandes, donde puedes leer: “Wellcome to United States of America”.
Eso por si aún no te habías enterado.

Es la primera cara amable -por lo sonriente de la foto, no por el personaje-, para acto seguido, tener toda la impresión que acabas de desembarcar en la Isla de Ellis, como un judío más de la Segunda Guerra Mundial huyendo de los nazis.

Te meten, todos como aborregados, en una gran nave de techos altísimos lleno de banderas americanas colgando, tamaño sábana cama matrimonio de dos por dos metros. En fila india y en largas colas de zigzag, vamos pasando varios filtros de interrogatorios hechos por androides, llamados: funcionarios de inmigración.
Desafortunadamente nosotros tuvimos más problemas que nadie, con más cara-perros que nadie. Algo pasaba… pero nadie te dice nada, sólo te miran como si llevaras escondida la cabeza del rey de España en el bolso.
Lo mejor es que la culpa fue mía: mea culpa.

En el avión, poco antes de llegar nos pasaron unos formularios para rellenar, y yo entre el cansancio, entre que estaba de risas con la tripulación, y sobre todo, que soy muy malísima con las matemáticas… pues resulta que cambiando de pesetas a dólares había puesto allí que llevábamos toda una fortuna, o sea evasión de capital en toda regla [2].

Al final me dijeron qué diablos pasaba para quedarnos los últimos en aquella nave desangelada, rodeados de perros de presa con ganas de morder, y ya pude explicarme que había sido una equivocación sólo mía. Menos mal que nos creyeron, pero después de inspeccionar milímetro a milímetro el equipaje. Primera anécdota en la frente.

Gracias que el guía que nos recogía era de lo más simpático, y aunque estaba aburrido de esperar, se portó estupendamente [3]. Nos trasladó al hotel con otra pareja de Madrid, que dejó en otro hotel, ya que no harían nuestro itinerario porque venían por su cuenta. En cambio nosotros lo llevamos todo organizado para aprovechar mejor los días.

Este guía es argentino de origen y creo que se llamaba Héctor [4], según nos dijo será nuestro guía en los próximos ocho días por todo California. Nos trasladó en una furgoneta americana muy guapa -las hay por todos lados aquí-, y tardamos dos horas en llegar al hotel. Del paisaje fue muy curiosa la gran cantidad de pozos petrolíferos que hay por el camino, extrayendo sin descanso. Aunque no extraen todo el que pueden y necesitan, sino que prefieren guardarlo como reserva futura.

Nos estuvo explicando que esta ciudad es una de las más grandes del mundo en extensión: 100 kms de norte a sur. El tener un coche es primera necesidad, por eso hay nueve millones de coches, lo que supone en circulación en un momento dado unos cinco millones y medio. De los aparcamientos ni hablamos; en directa relación.

Nos contó también la curiosidad de una señora que tuvo la idea de diseñar adornos navideños sólo para coches, y como se pasan tantas horas en él, fue todo un éxito. Ahora es una famosa millonaria por su ingenioso invento.

Ya desde el avión es impresionante la inmensa planicie con casas y casas. Los edificios son bajos, y anchas e interminables avenidas (hasta nueve carriles en ambos sentidos) así como bulevares; menos en el centro, que hay siete u ocho rascacielos llamados: Los Colosos [5].

“Los Colosos” (dentro del círculo rojo).


El hotel está muy bien, el “Hyatt on sunset” de Hollywood, justo detrás del Teatro Chino, que es donde se encuentran las huellas de los actores más antiguos del cine. Desde nuestro ventanal (de suelo a techo), en el piso 16, se ve toda la ciudad perdiéndose en el horizonte. A nuestra espalda, desde el pasillo en otra ventana, vemos la famosa montaña llena de vegetación y mansiones, así como el rótulo de “Hollywood”.

Toda la ciudad en sí está sobre zona desértica y el agua viene desde 500 kms de distancia, en la presa Hoover. Es fabuloso lo que ha hecho aquí el hombre en tan poco tiempo. Meritorio sin dudas en un terreno tan inhóspito.


Notas en la actualidad:


[1] Bush padre, que años más tarde nos tocaría “sufrir” a su hijo también. Con un paréntesis en medio de Bill Clinton. Ahora acabamos de volver con otro presidente demócrata: Barack Obama. El primer presidente negro americano, todo un acontecimiento para la historia de ese país, y que inevitablemente redunda en todo el mundo.

[2] Estos americanos son así: si no llevas suficiente dinero, malo (se necesita un aval bancario para que te den la visa), y si llevas pasta gansa pues tampoco, porque es evidente que es una ilegalidad.

[3] Él sí que fue la primera cara amable que nos dio la bienvenida. Además supuso que algo había pasado con inmigración. Nos habló de ellos largo y tendido… y mal. Pero ya sabemos como son, pudiéndolo comprobar en vivo. Mea culpa again.

[4]
Ya lo creo que se llamaba Héctor, más adelante hablaré mucho de él.

[5] Famosos por la película “Jaula de cristal” de Bruce Willis, primera de la saga.


Capítulo 3 (22-09-1990)


En Hollywood.

Hotel “Hyatt on Sunset”.


Ayer estábamos rotos, nos duchamos, comimos algo en el hotel [1] y a las 8.30 ya estábamos acostados. Hoy tenemos el día libre, ya que hasta mañana no vendrán a recogernos con el grupo del tour. Nos hemos levantado a las 7.00 después de despertarnos varias veces en la noche sin tener noción de qué hora podía ser. La boca del estómago y las tripas estaban como locas. Ahora entiendo el dichoso “jet lag”.

Hemos desayunado [2] en el hotel, y en un taxi nos hemos trasladado a unas dos millas de distancia, al Beverly Center, un centro comercial precioso, lleno de tiendas de todo tipo. Allí he comprado ya algunas cosas para llevar, como una camiseta de Los Angeles Lakers, y otra de los 49´s, el equipo de San Francisco, con Joe Montana; ¿cómo no?.

Luego en frente de este Centro había una esquina de tiendecitas y restaurantes rápidos con gasolinera incluida, muy típico, donde me han lavado la cabeza y peinado por 15$ [3] un peluquero muy simpático.
Justo al lado había un negocio sólo para hacer la manicura, muy original. Desde la calle se veían muchas mesitas estrechas con sillas a ambos lados. Por lo visto son muy corrientes aquí, y lo frecuentan tantas mujeres cómo hombres. Sin dudas tendría que haber de estos en España, con las uñas que gastan algunos.

Después, en una croissanteria, he tomado café y comprado una especie de magdalenas llamadas “muffins”. La regentaba un iraní muy agradable, había estado en España y tenía tan buenos recuerdos de allí y de sus gentes que se ofreció para lo que necesitáramos.

Aquí la gente es amable, sobre todo si no son americanos, pues me ha parecido que en esa especie de “Vaguada” los dependientes oriundos eran demasiado estirados [4] .

Al norte de la ciudad está el valle de San Fernando, donde vive un tercio de la población en casas unifamiliares, separado de Hollywood y el centro por las montañas de Santa Mónica y el Griffith Park (observatorio planetario).

Detrás del centro comercial, Beverly Center, había uno de los hospitales más importantes de los Estados Unidos, el “Cedars Sinai”, el nombre ya lo dice todo: capital judío.

Ando aún un poco atontada, soy demasiado regular en mis horas de sueño; pero tanta cosa nueva y distinta acabará por espabilarme, estoy segura.


Notas en la actualidad:


[1] El hotel “Holliday Inn” de la foto. Arquitectónicamente no era nada del otro mundo, excepto su comedor-restaurante en la última planta, circular y rotatorio. Giraba muy lentamente ofreciendo toda la panorámica de la ciudad.

[2] Jamás olvidaré el impacto de aquel dedal de leche para el café, acostumbrada a mi cuarto litro de leche matutino. En cuanto a la comida americana… “hay que echarle de comer aparte”, nunca mejor dicho; y mejor también no recordarla.

[3] No era caro para la época, y las doce horas de avión con el aire viciado me había puesto el pelo muy extraño e indomable.

[4]
Estirados a la vez que paletos. Se confirmó que no sabían dónde estaba España. Para ellos está al sur, o sea, Sudamérica en toda regla. Pero me hizo mucha gracia que me tomaran por francesa, por mi aspecto y por mi acento hablando inglés. No hay que despreciar el dato que en los años 80, la población hispana en Los Angeles alcanzaba el 40%, superando de largo a negros y chinos. Hoy día será incluso algo más. 22-09-90: Hollywood de noche. (Capítulo 4)


Capítulo 4 (22-09-1990)


Hollywood de noche.


Teatro Chino en Hollywood, y con las huellas de Gary Cooper.


Esta tarde nos hemos quedado dormidos hasta muy tarde, los últimos flecos del “jet lag” supongo. Gracias que nos ha dado por despertarnos, porque el tiempo de vestirnos y salir a la calle, cuando ya estaba oscureciendo. No lo he podido evitar, pero he sentido miedo; cambia mucho el ambiente del día a la noche, nunca mejor dicho.

De noche despierta otra ciudad, otra gente, gente que por su aspecto, su forma de moverse o mirar, hacen que te sientas inseguro. Se supone que esta es la mejor zona, con las pisadas de los famosos a la vuelta de la esquina. Aunque quizás por eso mismo, porque aquí estamos todos los turistas, vienen a la caza toda esa gente de mal vivir; a ver lo que cae.

Nos hemos encontrado con la otra pareja de Madrid que vino desde el aeropuerto. Hemos coincidido en la opinión que no se ve la riqueza ni el lujo que uno cree tener una capital como Los Angeles [1]. Es todo muy grande, pero en absoluto es grandioso.

Ellos han estado esta mañana en el centro, donde están los rascacielos, y la decepción no pudo ser mayor. Al ser sábado, les pasó que encontraron todo vacío de gente y sin movimiento comercial hasta las 10:30 o las 11:00, ya que aquí abren todos los días de la semana con horario libre, pero en fin de semana empiezan más tarde.
Pues bien, sólo se encontraron con la mendicidad más horrorosa. Las aceras llenas de vagabundos, en su mayoría dormidos sobre colchones oliendo a orines a larga distancia y cubiertos por cartones.

Teatro Chino en Hollywood, y con las huellas de Gary Cooper.


Las huellas eran de los zapatos y las manos, con el nombre, la fecha y poco más, como algunas palabras del artista. Pero algunas eran muy singulares, como por ejemplo las de Marilyn Monroe, con unos zapatos francamente pequeños, o muy altos, ya que la distancia entre la punta y el tacón de aguja era muy corta. También la de Groucho Marx, que no dudó en plantar su puro en el cemento. O bien, la dedicatoria de Humphrey Bogart al dueño del teatro, Sid Grauman: “Sid, nunca te mueras… ¡hasta que yo te mate!”

A lo largo de todo el Boulevar Hollywood hay también innumerables estrellas doradas en el suelo de ambas aceras, muy bonitas sobre granito rosa y negro, con los nombres de los artistas, hasta la actualidad.

Después volvimos al hotel, pero antes de subir a la habitación, hemos estado viendo en uno de los salones, una exposición permanente de fotos de Marilyn Monroe, a sus 19 años en la playa.

Allí mismo estaba el fotógrafo de dichas fotos, y hemos estado hablando con él. Llevaba en la cartera algunos originales de esas fotos y hablaba de ella con nostalgia [2]. Se ve una Marilyn de melena ondulada, no tan rubia como más tarde, en bañador y ropa de playa, sola y con grupos de amigos posando por esa playa.
Lástima que este hombre hablara un inglés tan horroroso, de esos viejos americanos que apenas se les entiende. Pero ha sido muy amable y se ha esforzado por hacerse entender.

Exposición fotos de Marilyn Monroe.


Ya estamos en la cama [3], mañana nos espera un largo día, el primero del tour, aquí mismo en Los Angeles. Pienso que con ese guía argentino tan estupendo y con tan sólo 23 personas, podremos ir muy bien. Primero a los estudios de cine Universal, y por la tarde visita por toda la ciudad.
Nos han dicho que no hay nada más que ver en esta ciudad, cosa que ya no me extraña en absoluto.


Notas en la actualidad:


[1] En realidad es una ciudad fea, no tiene ningún atractivo. Grande y plana como una enorme tabla, sin mayores atractivos. Algo me advirtió parte de la tripulación en el avión, con el tacto de no querer desilusionarme de ante mano. Después se confirmaría y es algo que he oído en repetidas ocasiones a lo largo de todos estos años, dándome la razón.

[2] Como curiosidad nos dijo que Marilyn en esas fotos aún tenía dos dedos de sus pies pegados de nacimiento (el segundo con el tercero), se veían claramente. Aunque más tarde se los operara, junto con algunos retoques estéticos más.

[3] Las habitaciones eran enormes, con dos camas de matrimonio ¿hay algo pequeño en ese país? Esta es la pregunta que no dejas de repetir allí, se te acaban adjetivos como: grande, enorme, gigantesco… así hasta agotar las palabras del diccionario de sinónimos. El guía añadía siempre con guasa y un suspirito: “no todo, no todo es tan grande”.


Capítulo 5 (23-09-1990)


En el hotel de L.A. , aún.


Estudios de cine Universal en Los Angeles.


Son las nueve de la noche, y hoy no ha sido un día cualquiera, ha sido un día de cine, nunca mejor dicho.

Acabo de tumbarme en la cama desde las siete que me levanté, un auténtico maratón. Tendría que llenar más hojas que ningún día hasta ahora, pero han sido tantísimas las cosas que he visto y oído, que no tengo fuerzas. Supongo que más de una noche llegaré en este estado a la hora de escribir, pero intentaré al menos poner algo para no perder la comba.

Los estudios de cine, “Universal Studios”: un poco montaje americano bastante decadente de los años dorados del cine. Aunque ha habido momentos muy buenos de risa, miedo, emociones fuertes, y sobre todo una carrera contra reloj con una programación al segundo [1] .

Plaza del ayuntamiento de la película “Regreso al futuro” en Universal Studios.


Casa de la película “Psicosis” en los estudios de cine Universal.


Después de comer, la visita por toda la ciudad ha sido muy, pero que muy interesante [2]. Hemos estado en los lugares más conocidos, como Rodeo Drive, las tres manzanas donde están las tiendas más caras y lujosas. Allí había una galería de cuadros pintados por Sylvester Stallone, sí “Rocky Balboa”, increíble pero cierto. En la foto de entrada muy intelectual él, estaba con gafitas “al aire”.

Centro auténticamente mejicano en Los Angeles.


Se confirma la inmensidad de esta ciudad, con 750 kms cuadrados, una de las más grandes del mundo, y una caja de Pandora que se ha “chupado” ya todo un carrete fotográfico.
Hasta ahora lo peor con diferencia es la comida, malísima y carísima. Todos los del grupo nos quejamos de lo mismo. Héctor, el guía, nos ha asegurado que mañana en pleno desierto camino de Las Vegas, comeremos muy bien.
Así que mañana nos esperan 480 kms. Nos despedimos de Los Angeles hasta la vuelta al aeropuerto rumbo Nueva York, dentro de unos días.
Al final, como broche de oro hemos contemplado el atardecer en el Pacífico, una maravilla en la playa de Santa Mónica [3] .

Puesta de sol en Santa Mónica, Océano Pacífico.


Notas en la actualidad:


[1] Aquello es como una gran Expo, un enorme circo formado por multitud de pabellones, carpas, espectáculos, decorados reales… Nos movimos libremente por allí, pero se necesitan muchos días para verlo todo, como cualquier Expo, pretender verlo todo en medio día es imposible. A parte, y tengo que reconocerlo, que no soy mucho de parques temáticos, y menos tan comercializados como este.
Estuvimos viendo algún show, como el de “Miami Vice”, “Connan”, “Western” -el lejano oeste cuando estábamos allí mismo-, “Animales famosos del cine” con descendientes de la perra Lassie, y la mona Chita entre otros, haciendo todos sus monadas… Después nos subimos en un tren interior y te llevan por todos los estudios, pasando por decorados varios. Te simulan catástrofes de terremotos, avalanchas de agua, rotura de puentes, ataque de tiburones, del mismímo King Kong también… y hasta abres las aguas como Moisés y todo. Te enseñan la furgoneta del Equipo A, el coche fantástico “Kitt”, la casa de “Psicosis”, la plaza del ayuntamiento de “Regreso al futuro” con su reloj…………………… Agotador, sencillamente agotador de verdad.

[2] Sorprendía el ambiente tan puramente mejicano que se respiraba en el corazón antiguo de Los Angeles, era como estar en Méjico lindo. Se trata de “El Pueblo de Los Angeles Parque Histórico Estatal”, en Olvera Street. Allí se conserva restaurado como algo digno de visitas turísticas el “Avila Adobe”, el rancho restaurado de Don Francisco Avila, primer y más importante ranchero de la zona a principios de 1.800
Ahí te das cuenta de lo cerca que está la frontera, y el grave problema que tienen ahora con la inmigración sin papeles, los “espaldas mojadas”. Las misiones e iglesias de Los Angeles hacen una gran labor de acogida y protección a estos recién llegados no deseados.

[3] Qué bien tiene puesto el nombre ese océano… Pacífico. Me entró una calma enorme por dentro después de un día tan largo. Jamás olvidaré esa puesta de sol. Ese primer contacto con el nuevo océano compensó tanto cansancio acumulado hasta entonces.


Capítulo 6 (24-09-1990)


En Las Vegas.



Vista de Las Vegas desde la habitación del hotel.


Ya estamos en Las Vegas. Son las 5:30 de la tarde y llegamos aquí hace como una hora, más o menos. El camino se hizo al final un poco pesado, pero no tanto como yo creía al estar esto a 480 kms de distancia de Los Angeles [1] .

Paramos a las 12:00 a almorzar en medio del desierto en un restaurante muy bueno y con unos precios increíbles para la calidad de la comida, así que por primera vez hemos comido bien [2] .

En ese restaurante es donde se para siempre el chofer que llevamos, y ya se sabe que estos profesionales son los que mejor saben dónde parar a comer en carretera. También hemos tenido suerte con él, un americano de dos metros de alto llamado Paul, el clásico americano bonachón, niño-grande que no habla una palabra de español. Tan sólo se comunica con Héctor, el guía, y lo ha intentado conmigo, pero me cuesta mucho entenderlo (cosa que le hace mucha gracia a Héctor).

Héctor es también una maravilla de hombre, tendrá por su aspecto, y por lo que ha comentado, unos 50 años (es curioso, pero se parece mucho a mi cuñado Paco, pero con todo el pelo blanco). Cuento esto porque su personalidad me ha impresionado de forma extraordinaria, siempre está simpático, riéndose, de lo más amable, servicial… y todo lo que diga es poco.
Pero esa forma de ser tan especial tenía una explicación, que vino por la conversación que surgió sobre el Golfo Pérsico [3]. Se ha mostrado muy preocupado, porque piensa que van a morir muchos chavales norteamericanos y entre ellos puede estar su hijo; que con toda la ilusión de la juventud se muere ya de ganas por ir, y al ser de origen argentino sería de los primeros. Después se ha enfrascado él sólo hablando (hasta me ha parecido que hablaba para sí mismo) y nos ha revelado que nada más llegar de Argentina, en los años 60, lo mandaron a Vietnam durante 16 meses.

De repente su tono ha ido cambiando, y he notado cómo más de uno se sentía incómodo. Nos ha enseñado sus brazos y su piel estaba toda como piel de gallina, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Tuvo que dejar de hablar y sentarse, porque no podía seguir. Aún no puede contar sin llorar lo que pasó allí y afirma que con toda seguridad su vida cambió radicalmente desde entonces: su forma de pensar, su actitud, sus ambiciones…
Ha sido muy emotivo. Ahora comprendo mejor cómo tiene esa personalidad tan fuera de lo normal y que todos los problemas le parezcan pequeñeces fáciles de solucionar.

Tantos días y noches sin poder dormir y apenas comer, sentado en el suelo, espalda con espalda con tu compañero que llega a convertirse en una prolongación tuya, y tú de él. Lo horrible que tuvo que ser aquella guerra, lo absurda, lo cruel, y lo mal llevada, con oficiales recién salidos de las academias sin la menor idea de cómo hacer la guerra, y teniendo que mandar sobre chavales, la mayoría de los más bajos estratos sociales, inmigrantes y negros en su mayoría: carne de cañón contra un enemigo más duro de pelar de lo que se podían imaginar en un principio. Sorpresas negras que da la vida.
Para concluir el tema, nos ha pedido que no le hagamos ninguna mención a Paul, el chofer, porque también estuvo allí y a él sí que era mejor no sacarle el tema, porque lo más seguro es que se negara a hablar.
Tampoco es que podamos, con lo difícil que es de entender, una ventaja, menos mal.

Héctor, el guía, a la izquierda y Paul, el chofer, a la derecha.


Notas en la actualidad:


[1] Como la distancia que hay entre Sevilla y Madrid, pero imaginando una carretera trazada con tiralíneas en medio de un interminable desierto, el Valle de la Muerte en toda regla. Ahora entiendo lo que pasarían en el siglo pasado para atravesar esas tierras tan inhóspitas en carreta; algo heroico sin lugar a dudas.

[2] Llamó mi atención unos cartelitos que había en todas las mesas (más tarde los vería por todos los bares y restaurantes durante días), en ellos decía algo así como:

“Si está usted realmente sediento, pida un vaso de agua. Pero tiene que estar muy seguro de su sed, porque no está pidiendo un vaso de agua, sino tres, que son los que se necesitan para luego lavar ese vaso. Tenga conciencia que está usted en medio de un desierto con la consiguiente escasez de agua”.

Al leer esto le dije al guía lo bien que me parecía esa medida, ya que donde yo vivía también hay mucha escasez de agua, y deberían tomarse medidas así para concienciar a la gente. Pero también le hice alusión que por la carretera había visto unas obras, y me había extrañado que detrás de cada máquina fuera un camión cisterna, duchando en todo momento el polvo que se levantaba, me pareció un despilfarro. Héctor me respondió con una pregunta que me dejó sin palabras “¿Te imaginas si dejaran que ese polvo que levantan las máquinas no lo aplacaran al instante, cómo se pondrían todos los coches que pasan en ese momento? El gasto de agua para lavar tanto coche sería muy superior al del camión cisterna”.

Lógica aplastante. Allí son obligatorias esas duchas en todas las obras; “igualito” que aquí.

[3] Hay que recordar que aún no había estallado la Guerra del Golfo. Pero ya se veía venir, de hecho nos encontrábamos en medio de un grave conflicto internacional, siendo el principal tema de conversación en todo el mundo. Ya había sucedido la invasión iraquí a Kuwait, el 2 de agosto de 1990, apenas dos meses antes de este viaje.
La respuesta internacional no se hizo esperar, el 16 de enero de 1991 una coalición de 31 países, liderada por Estados Unidos, y bajo mandato de la ONU, inició una campaña militar con el fin de obligar al ejército invasor a replegarse de Kuwait.

Aquella guerra duró poco, el 28 de febrero de 1991 Irak se rindió y aceptó la condiciones impuestas por Naciones Unidas. El saldo fue de 378 soldados muertos en la Unión, con unos 1000 heridos, mientras los iraquíes se llevaron la peor parte, entre 25.000 y 30.000

Lo peor de toda esta historia es que los flecos de Oriente Medio aún colean, con brotes muy virulentos a lo largo de todos estos años, como en el 92, 93, 98 y sobre todo en 2002 cuando “Bush junior” acusa a Iraq de construir nada menos que un “eje del mal” y forzando la invasión de Iraq en 2003, junto con Inglaterra.

Muchos más muertos a sumar a la lista y una gran herida abierta, muy difícil de cerrar.


Capítulo 7 (24-09-1990)


Las Vegas de noche.



Hotel “Flamingo” de Las Vegas.

Con el tiempo justo de acicalarnos y cenar algo, nos hemos reunido con el grupo para una vista nocturna por esta ciudad [1] .

Esto tiene mucho que ver y poco que ver. Mucho que ver porque para donde quiera que mires te sorprendes sin más remedio, pero también poco que ver porque está comprimido en unas calles muy concretas. Si te sales un poco del meollo, te ves en una ciudad más, norteamericana de zona desértica, o sea: una gran extensión de casitas de poca altura sin ningún atractivo especial. Aún siendo la ciudad de este país, que más está creciendo en estos momentos, según nos han dicho [2] .

Aquí todo se concentra en hoteles gigantescos cual inmensas moles, con toda su planta baja de casino. Este que estamos alojados, el “Flamingo Hilton”, tiene 3.500 habitaciones, y es el más antiguo de Las Vegas, el pionero, característico de la mafia por su anagrama de flamencos de color rosa, y construido por el gángster Benjamín “Bugsy” Siegel, en 1941.

Por supuesto ya quedará poco de aquel hotel, porque está muy reformado y moderno. Me impresionó de entrada el ancho pasillo donde se encuentran sus 20 ascensores, cada uno con capacidad para otras tantas personas al menos.
Pero justo en frente está el más moderno aquí, el “Caesar Palace”, con 4.000 habitaciones, es como un gran templo romano. Toda la decoración, así como todos los empleados van vestidos con túnicas romanas, y las chicas que allí trabajan, llevan hasta los peinados propios de esa época. El lago interior que tiene al fondo del casino me ha parecido fantástico, con una alucinante barca en medio, por la que se llega a través de pasarelas y donde hay una orquesta de música con pista de baile.

A parte que también hay otros hoteles muy famosos, por haber salido en películas, como ese que tiene un kilométrico vaquero articulado en una de sus esquinas. Esta zona más céntrica, donde se encuentran todos los hoteles y casinos con más solera, se llama: “Las Vegas Strip”.

Hay dos cosas que me han conquistado de esta ciudad. Una es la sensación que esto es lo más parecido a un animal, porque esta ciudad late las 24 horas del día los 365 días del año, puedes hacer lo que quieras y cuando quieras. Está muy viva y sin descanso.

Pero eso sí, y ahí va el segundo punto que me ha gustado: que me siento muy tranquila aquí. La mafia lo controla absolutamente todo y a “ella” no le conviene que haya robos ni delitos, de lo contrario nadie vendría.

Así que puedes ir abanicándote por la calle con un fajo de dólares y ten por seguro que nadie te va a robar. Si pillan a alguien robando, o por ejemplo haciendo trampas, automáticamente lo ponen en la frontera del estado. Y si se le ocurre volver a las andadas, ya no hace falta que lo lleven hasta tan lejos, que por aquí alrededor hay mucho desierto donde hacer un agujero [3].

Nosotros no hemos apostado ni un centavo, para extrañeza de Héctor, somos así de “raros”. Pero él mismo nos dijo que si apostábamos, lo único que nos aconsejaba es que lo hiciéramos en el Blackjack (una especie de 21), porque es el único juego que no lo deja todo al azar; tú intervienes en la medida que puedes.

La verdad que resultaba muy curioso ver a cualquier hora del día los casinos a reventar, ya te puedas levantar a las siete de la mañana que allí están “encalomadas” en banquetas las viejecitas metiendo moneda tras moneda en las máquinas. Para las personas que se puedan sentir solas, desde luego aquí siempre encuentras compañía.

Se percibe por todas partes la principal finalidad de esta ciudad: el ocio. Todo está preparado y enfocado al consumo, ya sea del juego como cualquier otra actividad lúdica de recreo: bares, restaurantes, tiendas de todo tipo, atracciones con los mejores cantantes y shows… [4]

Durante la noche, el ambiente cambia mucho, más que nada por la gran profusión de iluminación, con llamativos neones multicolor.

Las Vegas de día Hotel “Mirage”.


Notas en la actualidad:


[1] Habíamos dejado el estado de California y ahora estábamos en el de Nevada, siendo Las Vegas la ciudad más grande. Llamada “Sin City” o “Ciudad del pecado” por ser legal el consumo de alcohol a cualquier hora, así como la prostitución. Nos encontramos con otro nombre de origen hispano (este en concreto dado por un español, Antonio Armijo), al igual que Los Angeles o San Francisco, cosa que a los angloparlantes les cuesta mucho pronunciar, por lo que suelen decir sus siglas. Y suena algo así como:
Las Vegas= L.V. [el vi] / Los Angeles= L.A. [el ei] / San Francisco= S.F. [es ef]

[2] Había obras por todos sitios, de nuevos hoteles como uno con una gran pirámide que estaría inspirado en el antiguo Egipto, y otro que era como el castillo fantástico de Disneylandia. Pero la gran obra que allí tenia a todos entusiasmados era el tren de alta velocidad que vendría directamente desde Los Angeles, recorriendo unos quinientos kilómetros, algo así como la distancia entre Sevilla y Madrid con nuestro AVE, a punto de inaugurarse aquí por esas fechas.

[3] Llamaron mi atención los techos por todos sitios, estaban casi tapizados por una especie de burbujas semicirculares de cristal negro. No era ningún tipo de iluminación extraña o algún sistema contra incendios, sino algo muy distinto. Ahí dentro estaban todas las cámaras de vigilancia, controlando en todo momento cualquier delito que a algún osado se le ocurriera cometer.

[4] No todo es fausto, por lo visto la gran cantidad de personal trabajando en estos hoteles y locales viven arracimados en caracolas prefabricadas a las afueras de la ciudad, ya en pleno desierto.


Capítulo 8 (25-09-1990)


El Gran Cañón del Colorado.




La temible mini avioneta que nos llevaría a El Gran Cañón.


No creo que en toda mi vida haya tenido, o tenga en el futuro, un gasto de adrenalina tan grande como el que he tenido hoy.

Salimos a las 11:30 en autocar para el aeropuerto de Las Vegas y allí nos subimos en dos avionetas para tan sólo ocho personas cada una.
Yo iba totalmente aterrorizada, y hasta estuve a punto de renunciar a esta excursión. Menos mal que Héctor me animó a que no me la podía perder, porque como muy bien dice “todos tenemos el destino escrito”.
Así que me atiborré de Valerianas (lo único que tenía, pero cayeron como media docena) y allá que fui. Ahora me alegro muchísimo, porque sin dudas esta experiencia ha merecido la pena; aunque había que tener valor.

Cuando vimos las avionetas eran para echarse a llorar, en la que nos montamos nosotros sobre todo, porque con tan mala suerte, que hasta le chorreaba unas sospechosas manchas sobre las alas.

Pero no sólo era vieja la avioneta, que el piloto le iba haciendo juego. Un americano altísimo de unos ochenta años -habría sido piloto en la Segunda Guerra Mundial por lo menos-, con una lobotomía en el cuello, donde tenía que apretar un botón para poder hablar un idioma que… había que echarle mucha imaginación. Ahora, eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja -seguro que al ver las caritas de pánico de más de uno-; se apretó su botón parlanchín y algo dijo. Todos nos miramos preguntándonos con la mirada, por si alguno había pillado lo que nos decía.
Yo aventuré -acertando para mi sorpresa- que quizás preguntaba si alguien quería ocupar el asiento del copiloto. Y ¿cómo no?, a mi padre le faltó tiempo para apuntarse a la doble experiencia. Tampoco es que hubiera más voluntarios. El miedo era generalizado.

Jamás olvidaré ese despegue del aeropuerto de Las Vegas, en aquella avioneta a punto de jubilarse, con dos jubilados “pilotando”. La sensación era de ir subida en una libélula, se te iba la cabeza y el estómago amenazaba con subir más arriba que aquel cacharro.

Pero lo mejor es que no sabía para donde mirar: si miraba a la derecha por la ventanilla, aquel reguero de aceite en el ala… si miraba a la izquierda, la palidez del compañero de viaje… para atrás mejor no hacerlo, porque el olor a vómito nada más salir lo decía todo… y la perspectiva del frente, con aquellas dos cabecitas blancas y los volantes moviéndose solos, con el piloto automático durante una hora de viaje… simplemente para vivirlo y sobre todo para sobrevivirlo.

Las vistas desde el aire han sido espectaculares. Atravesar aquellas gargantas horadadas por el río Colorado durante siglos y siglos, no tiene palabras. Y al llegar allí hemos tenido oportunidad durante todo el día de recrearnos en todo el espectáculo, recorriendo tres miradores al borde de los desfiladeros [1] .

Nos esperaba otro guía de lo más pintoresco también, otro “ladrador del inglés”, y esta vez vestido de cowboy. No era un disfraz, pero como si lo fuera. Se le veía muy afable, pero a este si que se le entendía poco.

Ya por la tarde, después de almorzar [2] y ver el último mirador, nos dijo algo con mucho interés. Yo volví a aventurar al grupo que creía haberle entendido que ¡nos iba a llevar al cine!
Ahí ya algunos perdieron la fe en mí, pero “hombres de poca fe”, acerté de pleno ¡y qué cine! Esto será difícil de explicar, casi tanto como haber entendido al cowboy.

Los asientos estaban en una grada muy empinada, y la pantalla como circular, era la más grande que he visto yo en mi vida [3]. Cuando empezó la proyección, instantáneamente todos nos agarramos a los asientos, porque fue como si nos hubieran metido de repente dentro de las imágenes.

La historia narraba cómo había sido América del Norte desde sus orígenes, 4.000 años atrás, muy interesante, e intensamente vivido con esos medios cinematográficos [4]. Salimos de allí todos muy eufóricos, gratamente complacidos, hasta que nos percatamos que empezaba a oscurecer y teníamos que subirnos en las avionetas de nuevo. Había que volver a la civilización, no había más remedio.

La hora del viaje de vuelta por el cañón fue buena para cerrar los ojos, después de contemplar una maravillosa puesta de sol por el horizonte desde el aire. Y cuando nos íbamos acercándonos a Las Vegas de nuevo… entonces era para abrir los ojos, y bien grandes.

Estaba todo programado, porque las vistas de esta ciudad de noche desde el cielo eran una feria en toda regla. Hasta mi compañera de asiento, una catalana, me dijo: “Esto te recordará a tu Feria de Abril”, a lo que yo le contesté: “Sí, desde la noria, pero a lo bestia”.

Aún quedaba otro broche de oro. Al llegar al aeropuerto nos dieron a cada uno un título acreditativo de las líneas aéreas, donde se certificaba que habíamos hecho el viaje y habíamos sobrevivido a él. Simpático detalle [5] .


El Gran Cañón del Colorado.


Notas en la actualidad:

[1] Eran muy grandes, te cansabas de recorrerlos de punta a punta, todos llenos de balcones para hacer fotos, tiendas con todo tipo de objetos indios para comprar (preciosos los trabajos en plata 925 con turquesas), restaurantes, bares… y puntos donde poder bajar por un estrecho camino, al borde del desfiladero, en una caravana de mulas hasta lo más hondo del cañón. Lástima que no lleváramos tiempo para eso.

[2] Nos llevó a un restaurante gigantesco, era como una gran tienda india con armazón de madera, y mesas con bancos de madera también. Un enorme self-service donde al menos veías antes lo que te ibas a comer.

[3] Dos años más tarde volvería a vivir esa misma experiencia, en el cine del Pabellón de Canadá en la Expo 92 de Sevilla. El cine y la proyección eran igualitos, aunque con otra temática.

[4] Las imágenes en relieve, el sonido “sensurrorum”… hacían como si volaras por las gargantas del cañón y navegaras en balsas por los rápidos del río Colorado. Sentimos vértigo, caímos al vacío, y hasta parecía que nos mojamos con las aguas bravas del río.

[5] En el minibús de vuelta al hotel íbamos todos emocionados. Ninguno habíamos vivido algo ni parecido en toda nuestra vida. Toda una experiencia, fuerte y muy especial. Héctor nos esperaba en el aeropuerto para llevarnos a los distintos hoteles, y su cara lo decía todo al vernos. Le encantaba recibir a los grupos después de este día, porque emanábamos una alegría y euforia muy contagiosa.


Título acreditativo de haber volado por el “Grand Canyon”.


Capítulo 9 (26-09-1990)


Fresno.

Fresno desde la habitación del Hotel Hyatt.


Pues sí que está lejos esto. Son las siete de la tarde y hemos estado viajando desde las ocho de mañana, que salimos de Las Vegas. Agotador.


Volvemos a estar en el estado de California, y aunque esta ciudad es la más importante del interior (en el valle agrícola de San Joaquín), esto sí que no tiene nada que ver. Después de asearnos un poco, hemos intentado salir a cenar fuera, pero con las mismas nos hemos vuelto al hotel. Los consejos del guía eran acertados una vez más. Estaba ya oscureciendo, y esta ciudad no presta ninguna confianza. El ambiente por las calles era desolador y bastante inquietante. Además estamos muy cansados y es mejor reservar fuerzas para mañana, que seguro nos espera un gran día.

Así que hemos cenado aquí mismo, atendidos por una simpática chica hawaiana, Lisa. Nos ha gustado mucho lo que hemos comido, unos sandwiches calientes llamados “Montecristo”. Pero aunque ya digo que estaban muy buenos, el cansancio ha podido sobre el hambre y no hemos podido comerlos todos.

Es muy curioso que aquí te den las sobras en cajas de plástico, sin pedirlas ni nada. En España aún no ha llegado esa buena costumbre, ya llegará, porque está muy bien. Si lo has pagado, es tuyo, y tienes derecho a llevártelo a casa. Aunque sea para tirarlo más tarde.

Capítulo 10 (27-09-1990)


Parque Nacional de Yosemite.


El Valle de Yosemite: “Capitán” a la izquierda y “Velo de la Novia” a la derecha.


El paisaje ha cambiado totalmente. Lejos ya del desierto más árido, nos hemos adentrado en el verdor más estridente. La carretera ensortijada que llega hasta Yosemite, a la vez que una maravilla, es endiablada. Más de uno volvió a marearse, teniendo que ocupar los asientos delanteros.

Al pasar uno de los largos túneles, te encuentras de repente con “El valle de Yosemite”, donde están: “El Capitán”, acantilado más grande del planeta con 900 metros de altura, punto de encuentro para todos los apasionados de la escalada; y “El velo de la novia”, cataratas provocadas por los deshielos.

También está allí la montaña “Half Dome”(no se ve en la foto), inconfundible con un lado redondo y otro completamente plano como una pared. La escalada de este pico es algo más fácil que “El Capitán” (que necesita de varios días para subir), por lo que suele estar muy concurrido de escaladores.

Era como meterse de nuevo en una de aquellas películas del lejano oeste, pero en vez de en una carreta de colono por el desierto, ahora a caballo fumando un buen Malboro (si no fuera por lo anti-tabaco que soy).

Las altas cumbres, que se nievan en pleno invierno, se mezclan con ríos chinescos y los bosques más cerrados, apiñan altos árboles que llegan a hacerse gigantes: las famosas sequoias, con muchos metros de altura, llamándose esta parte del parque “Mariposa Grove”.
Una locura, te sientes diminuto como en el país de Liliput rodeada de Gulliverts, o bien osito Yogi, sólo que en Yosemite en vez de en Yellowstone.


Sequoias y el "Grizzly Giant".


Al pie de la foto se puede medio adivinar lo que era una excursión de toda una clase, y casi no pude sacar la copa del árbol. Pero no se quedaba muy atrás de la más famosa de todas las sequoias: el “Grizzly Giant” (por recordar los osos de la zona agitando sus garras al aire) con 64 metros de altura, 28 de diámetro y una antigüedad de 2.400 años.

Estos árboles gigantes son a menudo objeto de los rayos en las tormentas, y este “Grizzly Giant” en una sola tormenta, resistió la embestida de hasta seis rayos.



La protuberancia que se ve al pie de las sequoias tiene la altura de una persona.



"El Monarca caído", sequoia caída hace muchos años.


También hay árboles caídos, como “El Monarca”, encontrándose ya en el suelo en 1857 durante una exploración, sin saber la causa de su caída.
Se calcula que las sequoias pueden estar caídas durante 20 siglos o más, sin sufrir ningún tipo de deterioro.

Había otra famosa sequoia en “Mariposa Grove”, la llamada: “Wawona”, famosa por ser horadada en su base, por donde pasaban caballos, carros y más tarde coches. Esta al final cayó también por lo debilitado de su base en 1968, y en la actualidad está prohibido este tipo de ataque ecológico.


Con Héctor y Paul, en el Valle de Yosemite.


Capítulo 11 (27-09-1990)


San Francisco de noche.


San Francisco, con su niebla perpétua y sus innumerables colinas.


Después de estar todo el día en Yosemite, llegamos por la tarde aquí a San Francisco, con el tiempo de asearnos para ir a una visita nocturna por la ciudad. No hay que desperdiciar un instante.

Es curioso pero lo primero que te enseñan son dos hoteles emblemáticos. Uno está en el puerto, entras en él como si tal cosa, por unas escaleras mecánicas hasta llegar al hall (“lobby” aquí) y acto seguido quedarte con la boquita abierta, porque de repente estás dentro de una gigantesca pirámide, con todas las habitaciones dando al centro del cono, donde cuelgan todo tipo de plantas alrededor. La cúpula era acristalada, por lo que entraba luz natural para tanta vegetación colgante. Difícil de explicar sin verlo [1].
Y el otro hotel que nos enseñaron era el “Fairmont”, famoso por la serie televisiva “Hotel”, llamándose en esa serie: “St. Gregory”. Este muy decepcionante, de nuevo la magia del cine había hecho de las suyas, se le veía viejo y anticuado, encima de un desnivel que impedía una buena visión.

Después nos dejaron en el barrio chino, “Chinatown”, durante hora y media, para recorrerlo por nuestra cuenta. La comunidad china en esta ciudad es muy importante. La entrada en su barrio es casi una auténtica puerta china, cambiando el ambiente totalmente. Hay que tener en cuenta que toda la inmigración oriental (occidental aquí) entró por San Francisco, de ahí que su famoso puente colgante rojo se llame “Golden Gate”: Puerta dorada.

Allí aproveché y me compré un par de sudaderas [2], porque hace un frío terrible. Aquí el clima ha cambiado radical, es muy variable a lo largo del día (me ha recordado a La Coruña), pero con varios grados por debajo de lo que podría ser más agradable.
Después nos reunieron a todos en un punto y fuimos a cenar a un precioso restaurante del puerto, llamado “Isabella”.
Pero ahí no acabó la gira, aún quedaba lo mejor. Nos fuimos a ver el puente “Golden Gate” iluminado de noche. Una maravilla construida con mano de obra casi esclava china. Está pintado de rojo, y lo pintan sin descanso de un lado al otro y vuelta a empezar por el principio. El salitre es devastador y de no ser así acabaría pudriéndose sin remedio.

También va a ser complicado fotografiarlo entero, porque los bancos de niebla no paran de moverse día y noche. Esto parece Londres por ese aspecto, todo blanquecino.

Hasta ahora sólo hemos visto la ciudad de noche, y aunque de momento la encuentro muy diferente, creo que mañana con luz de día me va a encantar.

Puente "Golden Gate".


Notas en la actualidad:

[1] En aquel “lobby” había todo tipo de tiendas, restaurantes, bares con piano, llamando mi atención una peluquería famosa por ser asidua de las estrellas de cine, haciendo gran bombo y promoción por este motivo.

[2] ¡Qué sudaderas más buenas! Me han durado años en perfecto estado. Si lo sé lleno una maleta con ellas de todos los modelos y colores. Los bazares chinos eran un mundo donde era fácil “picar” con algo, pero no quería cargar con nada extra, porque aún quedaba mucho viaje y muchos hoteles por delante, hasta la hora de volver a España.


Capítulo 12 (28-09-1990)


San Francisco de día.


Puerto de San Francisco.


Encantarme es poco. Hasta ahora esta ciudad es sin dudas para volver algún día. Parece de cuento, con las casitas de Ping y Pong, las bahías llenas de románticos barcos veleros, sus empinadas calles por sus veintitantas colinas con sus tranvías por cable…

Es la segunda sorpresa que me llevo en este viaje. Junto con Las Vegas, jamás pensé que me gustaran tanto, cada una en su estilo muy diferente.

Ha sido un no parar en todo el día. Por la mañana hemos visitado el Ayuntamiento y la Catedral. Esta es muy original, de estructura extremadamente moderna, toda con luz natural y edificada tan sólo sobre cuatro enormes pilares.

Después hemos ido al edificio más antiguo de la ciudad, de origen español, y que no podía ser otro que la Misión Dolores. Para desde ahí subir a la colina más alta, donde hay un mirador idóneo para hacer fotos panorámicas de la ciudad.

También ha sido muy curioso el paseo por el jardín japonés, ideal para transportarte a aquel país por lo bien hecho que está, en cuanto a jardinería ornamental, lagos y construcciones orientales.
Ya por la tarde, cuando nos dirigíamos al hotel de nuevo, hacía un tiempo estupendo. Así que decidimos bajarnos del autocar y volver al hotel por nuestra cuenta dando un paseo para ver más cosas. La idea no ha podido ser más acertada, porque el ambiente del puerto era encantador.

Hemos visto desde la costa la famosa isla de Alcatraz, con el presidio que era invulnerable hasta que la fuga de unos presos lo desbancó del mito. Tema tratado en una conocida película de Clint Easwood.

Cárcel de Alcatraz.


Estaba todo lleno de gente paseando, palomas, artistas callejeros [1], tiendas con cosas muy bonitas artesanales [2], en definitiva un ambiente maravilloso que ha hecho que me enamore de esta ciudad sin más remedio.
Pero donde me he divertido de lo lindo es montando en el tranvía. Lo hemos cogido al final de su trayecto en el muelle, donde gira en redondo de forma manual, para remontar la ciudad por sus empinadas calles.


Notas en la actualidad:

[1] Allí fue la primera vez que vi en la calle artistas disfrazados de lo más peregrino, inmóviles a la espera de una moneda para hacer un movimiento. Así como pintores pintando con sprays y moldes, realizando en el acto vistas de la ciudad de memoria, para venderlas allí mismo.

[2] Había una tienda sólo de cajas de música de todo tipo. Allí compré la preciosa casita que tengo en cerámica de San Francisco, con cuerda abajo y una música que la hace girar en redondo.


Capítulo 13 (29-09-1990)


Costa Oeste, vuelta al Sur.


Playa virgen de las protegidas "17 Millas".


Hoy ha sido un día tranquilo dentro de lo que cabe, porque no hemos estado en ninguna gran ciudad, pero nos hemos hartado de kilómetros.

La costa californiana es muy virgen, y la conservan así porque es así como la quieren tener. Tiene muchas zonas acotadas para evitar su deterioro, con innumerables especies protegidas como: focas, morsas, gaviotas, palomas, ardillas… Son playas casi salvajes, todas llenas de algas extrañísimas y sin ninguna edificación cercana, y mucho menos turístico u hotelero [1].

La primera población donde hemos parado ha sido Monterrey, un precioso pueblecito pesquero donde suelen retirarse los artistas más consolidados, como Clint Easwood [2] o Doris Day (alguna vez se la ve con pañuelo en la cabeza y gafas para ocultarse de las miradas) [3].

Antiguamente era sólo eso, un pueblo de pescadores de sardinas, pero al acabarse estas, reconvirtieron las fábricas de conservas en complejos de ocio, pero todo muy tranquilo que es lo que caracteriza a esta zona. Incluso en urbanizaciones de lujo como las famosas “17 millas de oro”.

Eran muy graciosas las ardillas sueltas por todos lados, pero no se pueden llamar o intentar tocarlas. A parte que ellas no se dejarían, es de las especies más protegidas por aquí.

Muelle en Monterrey.


Ha sido especialmente bonita la población de Carmel, y volvemos a hablar de Clint Easwood, ya que es su alcalde. Está muy limpia y cuidada, con centros comerciales pequeños y coquetos donde comprar o comer, pero todo siempre guardando esa tranquilidad que se respira por aquí [4].

Centro comercial en Carmel.


Para concluir este día hemos parado a dormir en San Luís Obispo [5], un pueblo que hemos encontrado desierto porque se disputaba al parecer un partido importante. Pero no olvidaré que aquí he comprado un libro enorme sobre películas de Hollywood, que voy a tener valor de acarrear hasta España, con todo el camino que nos queda por recorrer. Pero creo que va a merecer la pena. Además me ha encantado la librería donde lo he encontrado, nada que ver con las librerías que conocemos [6].


Notas en la actualidad:

[1] Me impresionaron profundamente estas playas de la costa oeste. Están tan vírgenes que se vive el mar en toda su pureza. Nada de playas repletas de bañistas y masificación hotelera. Por el contrario son ideales para dar largos paseos en la soledad más absoluta. No hay nadie tampoco en el agua, porque al parecer hay tiburones. Así que gracias a esos tiburones, y a los otros “tiburones”, la preservan de la masa playera.

[2] Clint Easwood es el nombre que se repetiría por esos contornos en todo momento, era como su reino. Y nunca mejor dicho porque el autobús pasó por delante de su casa, un castillo traído piedra a piedra desde Europa. Y digo “pasó” porque estaba terminantemente prohibido parar aunque fuera un momento, ya de hacer fotos ni hablamos. Algunos son muy celosos de su intimidad, y este es un buen ejemplo de ello.

[3] Eso nos dijeron y habrá que creerlo. Otra actriz esquiva con la gente, con toda la simpatía que regalaba en sus muchas películas. ¿Es posible que esta mujer aún no haya muerto? He estado buscando en la Red y parece que no. Bueno, nació en el año 1924, así que es posible que siga viviendo allí en Monterrey. Por lo visto ha rechazado repetidas veces premios como el Oscar Honorífico en 2004, por su miedo a volar. Quizás por eso que no se deja ver -ni en esos saraos- se tenga la impresión que ha desaparecido ya.
[4] Sólo hay que ver la foto para ver lo que es allí un Centro Comercial: maderas, plantas, luz natural… un remanso de tranquilidad, donde también puedes hacer de todo sin estridencias de ningún tipo.

[5] Este pueblo era muy conocido por Paul el chofer, ya que había vivido allí muchos años. No lo he dicho, pero fue increíble la soltura con la que llegué a comunicarme con él, todo es buena voluntad y practicar. Cuando llegas allí el impacto del idioma es brutal, llegas a pensar que has aprendido otra lengua. Pero luego pasan los días y le vas pillando el aire, haces “oído” y te relajas, que idioma es sólo uno.

[6] Me pasaría las tardes en librerías así, es aquí de pie por los pasillos y ya lo hago. Allí había una parte que era como el salón de tu casa, con chimenea, sofá, mecedora… donde te podías sentar y leer tranquilamente todo lo que quisieras tomándote un café. Una gozada. Aunque estando allí relajada me llevé un gran susto difícil de olvidar. Llegó Héctor y hablando… hablando… salió el tema de “los espalda mojadas”, que la policía les pedía la cartulina verde y lógicamente no la tenían. “¿Qué es eso de la cartulina verde?”, pregunté. Y menos mal que lo hice, porque resulta que con todo el lío que tuve a la llegada al aeropuerto, no me graparon esa cartulina al pasaporte (como suelen hacerlo), y yo no tenía ni idea de donde podían estar las nuestras. Me volví loca buscándolas en el equipaje, entre tanta propaganda y programas. Al final aparecieron en un montón de papeles que estaban esperando tener una papelera para tirarlos a la basura. El disgusto fue mayúsculo, pero sin consecuencias. No hubiera soportado otro enfrentamiento con la inmigración americana. No gracias.


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